Esta semana vivimos en Argentina una situación surrealista. Con la absurda justificación de evitar la entrada de tintas con contenido de plomo, se intentó dificultar seriamente la entrada de libros importados al país, en una especie de versión 2012 del «Alpargatas sí, libros no» de 1946.
Pienso que no hace falta aclarar que vivimos en un mundo donde el conocimiento es crecientemente necesario para mantener al país en la frontera del conocimiento científico y tecnológico y donde la generación de ideas es cada vez más global. Pero parece que no todos entienden esto.
En este post quiero compartir con ustedes dos visiones acerca de este tema.
Por un lado, nadie describió este sinsentido de manera más clara y contundente que Hernán Casciari. Dueño de una prosa maravillosa, Hernán (a quien con Gerry Garbulsky entrevistamos en nuestra columna de radio la semana pasada) escribió en su blog Orsai una nota espectacular que les recomiendo que no se pierdan. Pueden leerla acá, o escucharla de boca de Hernán mismo en este video acá abajo. (Gracias a Jonás Mosse que me lo mandó!)
El artículo de Casciari dio lugar a una explosión del tema en las redes sociales, donde miles de personas expresaron su sorpresa, su indignación, su pena usando el hashtag #LiberenlosLibros.
Como normalmente no escribo posts donde solo recomiende una nota o video, no pensaba escribir sobre el tema. Pero esta mañana me pasó algo muy interesante. Todo empezó con una larga discusión en Twitter con uno de los mayores comentaristas del blog, Fede Poiana. Mientras discutíamos sobre el valor de las estadísticas para evaluar el tema inseguridad en la Argentina, Fede me preguntó si había leído el libro «La Cámpora». Le dije que no y me dijo: «Te lo voy a regalar». Al minuto recibí un mail de Amazon, diciendo que tenía un regalo esperando para ser cargado en mi «e-reader». Y un minuto después, el libro estaba ya en mi Kindle, listo para que lo leyera. Así me «cayó la ficha» y nació este post…
Si bien todavía el uso de «e-books» sigue siendo pequeño, crecientemente los libros se convierten de bienes físicos en bienes digitales. ¡Y la circulación de los bienes digitales no puede ser restringida de manera efectiva por rídiculas políticas de los gobiernos!
Por eso, los libros no necesitan ser liberados. En el mundo al que vamos, los libros serán libres y ningún delirante burócrata de turno podrá lograr limitar sostenidamente su proliferación. Porque una vez más, la tecnología acude pronta al nuestro rescate.
Hoy dieron marcha atrás con la medida. Pero es bueno saber que, como mencioné en el cierre de mi nota sobre la ley SOPA, gracias a la creciente digitalización del mundo la batalla por privarnos del acceso al conocimiento global estaba perdida de antemano.




