
Recuerdo exactamente cada detalle de la mañana del 10 de Diciembre de 1983. Yo había cumplido 13 años el día anterior y el plan con mi familia era salir a la calle a celebrar la asunción de Raúl Alfonsín. Una varicela aparecida esa misma mañana se interpuso en los planes, pero al menos pude seguir por televisión, con ojos algo incrédulos, el ver por primera vez en mi vida a un presidente argentino con cara de buen tipo.
Pero sin duda cuando pienso en Raúl Alfonsín hay dos recuerdos más fuertes que el de ese día. Por un lado, la emoción que sentí cuando un año después de que asumiera como Presidente se presentó el informe Nunca Más. Por otro, el día de mi cumpleaños de 1985 cuando «me regaló» el orgullo enorme que fue el fallo del Juicio a las Juntas. Esos dos hechos, sin duda, definirán su lugar en la historia.
El «fast forward» de mi memoria salta a la Plaza de Mayo, donde estuve para verlo recibir la Copa del Mundo de manos de Maradona y también casi un año después para escucharlo decir su tristemente célebre «Felices pascuas».
Avanzando en el tiempo se me presenta una convolucionada imagen de la hiper y el «les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo», que si bien no fue dicho por él resume en mi opinión el desajuste fundamental entre la naturaleza de sus buenas intenciones y la inescrupulosidad generalizada de la que fue víctima y de la que aún hoy no podemos escapar.
Mi último recuerdo de Alfonsín es la imagen de su caminata junto al ya Presidente Menem el día del Pacto de Olivos,
testimonio a la vez de su debilidad y de su inquebrantable apuesta a dialogar.
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Enterarme de su muerte me provocó una gran tristeza. Pero ver la conmovedora movilización de la gente, ver tantas personas comunes llorándolo, abre una pequeña luz de esperanza hacia adelante. No sé si él hubiera imaginado esa reacción. Probablemente no. Como con tantas figuras de la historia, a veces sólo la muerte puede poner en foco un legado.
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La noche anterior a su muerte fui a la cena anual organizada por CIPPEC, quizá la organización que más ha trabajado en los últimos 10 años para dar al país políticas públicas que conduzcan a un desarrollo económico equitativo. Asistieron 900 personas, incluyendo representantes de todo el arco político. Allí pude ver cómo las principales figuras del gobierno abandonaron el lugar en el momento en que el Vicepresidente Cobos llegó a la cena. La enunciación del acto era que no sólo no es posible el diálogo, siquiera es aceptable la coexistencia.
Ojalá muchas de las personas dedicadas hoy en día a la actividad política sepan recibir el legado de Alfonsín. Tal vez baste la pureza de las intenciones y la vocación de diálogo para que la Argentina vuelva a tener alguna vez un aspirante a Presidente con cara de buen tipo.




