Honestamente no pensaba volver sobre este tema. Como expresé en el post sobre Dawkins, yo no soy creyente ni me interesa la religión.Tampoco soy un experto en geopolítica internacional ni en la historia de los conflictos de Medio Oriente. Además, como quedó claro en la extensa discusión que siguió al post sobre la guerra, se puede ser judío y no compartir la ofensiva israelí, como se puede no serlo y sí entenderla.
No obstante eso, al igual que en otros lugares de América latina, en los últimos días ocurrieron algunos incidentes en Buenos Aires donde el repudio de algunos grupos hacia Israel se expresó en acciones o amenazas hacia personas judías argentinas. Eso es algo ante lo que no se puede permanecer en silencio.
Me tocó vivirlo en primera persona. Hace unos días fui a reunirme con un amigo en las oficinas de la productora de TV Pol-Ka. Cuando llegué, la oficina estaba evacuada por una amenaza de bomba por el carácter de judío de mi amigo y de Adrián Suar. Días después, un grupo de manifestantes intentó atacar el Hotel Intercontinental como modo de «escrachar» a su dueño Eduardo Elsztain. La ciudad también apareció pintada con leyendas anti-judías. Mientras tanto, el Gobierno condena pero algunos de sus allegados apoyan y hasta fogonean. No podemos mostrar medias tintas en la condena de actos como estos.
La línea entre manifestar en repudio a la guerra y realizar pintadas y agresiones a personas por su carácter de judíos es una línea delgada. Pero hay un abismo de diferencia entre un lado y el otro. No hace falta pensar en la Alemania nazi. Venezuela da una idea clara, mucho más cercana en la geografía y en el tiempo, de lo que hay del otro lado.
Foto: Daniel Y. Go
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