
Los que leen este blog hace tiempo saben que, aparte de que me gusta mucho el Football Americano, soy fanático de Boca. Pero ahora que ya están más aquietados los ánimos, y en el día en que se larga la Copa América, quiero hacer una reflexión seria acerca del histórico descenso de Riber a la B y conectarlo con la crisis dirigencial en general que vive la Argentina.
Por más que como hincha de Boca disfruté de la «desgracia» de nuestros eternos rivales (qué emoción tan retorcida es el «schadenfreude»!), con el animo frío siento una profunda preocupación porque creo que las causas del descenso tienen que ver la crisis de un modelo dirigencial que no se limita solo a Riber, ni siquiera solo al fútbol.
El primero de los factores de esta crisis tiene que ver con la extraña desconexión que existe entre ser dirigente de fútbol y tener idoneidad y capacidad directiva.
Manejar una institución no es diferente de conducir una empresa o una ONG. Para acceder a un puesto de alto nivel conductivo en cualquier organización de este tipo, existe un proceso de selección riguroso. Se presentan currículums, se hacen entrevistas, se involucra a expertos para evaluar si las calificaciones del candidato son las adecuadas para el rol a desempeñar. Nada de esto existe en el fútbol, donde los puestos son cubiertos por gente «de carrera» como José María Aguilar o Jorge Amor Ameal. De este segundo, Wikipedia dice que es empresario, pero que a través del tiempo tuvo roles operativos en el Club Boca Juniors. Si alguien conoce los logros empresarios de Ameal le pido que los comente, porque yo no los conozco y a mi modo de ver el éxito empresario es incompatible con dedicarse cuasi full time a «liderar las peñas boquenses del interior del país». De Aguilar no voy a hablar porque conozco menos, pero estoy seguro de que su historia es parecida.
Tomando el ejemplo de mi deporte preferido, entrar a trabajar en un equipo de la NFL es extremadamente difícil. Porque requiere todos los mismos procesos que una empresa normal, pero tiene muchos más interesados por el atractivo que tiene en los hombres estar dentro del mundo del deporte. Nada más alejado a lo que ocurre acá, donde nadie que estuviera trabajando en una empresa seria dejaría su empleo para ir a trabajar a un club de fútbol.
Para cerrar este primer punto, me llama enormemente la atención que Riber parece ya no haber aprendido nada de este desastre deportivo. Ya de por sí me resultaba poco claro de qué exacta manera jugar bien de defensor ser buen cabeceador te facultaba a ser un buen presidente de club. Pero cómo decide Passarella enfrentar la crisis de jugar en la B? Designando como técnico a un jugador cuya falta de autocontrol temperamental hizo que se hiciera expulsar en el clásico contra Boca y acumular su quinta amarilla en el primer partido de Promoción, faltando en dos partidos cruciales que sellaron el destino de Riber. Como si ser un buen líder fuera solo cuestión de amor a la camiseta. Quien no fue capaz de controlarse a sí mismo será ahora el responsable de controlar y motivar a los demás.
El segundo factor tiene que ver con la deshonestidad.
Si bien medido estrictamente por números, el negocio de gestionar un club argentino es relativamente pequeño, las transferencias mueven grandes volúmenes de dinero. Casi todas las dirigencias presentes y pasadas fueron quedando marcadas por la falta de transparencia, la sospecha de desvío de fondos o de abuso del poder de su rol para hacer negocios paralelos con jugadores.
Como siempre, la mayoría de los argentinos solemos creer que ser deshonestos no tiene consecuencias. O si las tiene, ese será problema de otros. El descenso de Riber es un ejemplo perfecto de lo que sucede cuando se acumular años y años de desmanejo y vaciamiento. La deshonestidad tiene consecuencias. Si no las pagan los individuos, las pagan las instituciones.
Pero Riber no es el único caso. Excluyendo a los recién ascendidos, solo dos equipos (Tigre y Olimpo) arrancan la próxima temporada con un promedio peor que tres de los cuatro clubes «grandes» que quedan en primera. Graciosamente, el único que aparece más desahogado es Independiente, que estaba con promedio de Promoción hace solo dos meses. Mientras en el resto del mundo los equipos grandes hacen casi aburridos los torneos a fuerza de hegemonía, los campeonatos recientes de Lanús, Banfield y Argentinos muestran al fútbol argentino abierto como nunca a que cualquier equipo sea campeón. Eso es bueno desde el punto de vista de la emotividad, pero una señal de nivelamiento hacia abajo, como muestra el fracaso de estos equipos «chicos» en la competencia internacional. Estudiantes y Vélez aparecen como relativa excepción.
El tercer punto se refiere a las reacciones al descenso.
Extraña noción del amor pasional, la reacción de un grupo grande de los hinchas ante el hecho consumado de la pérdida de la categoría fue destruir las instalaciones del club al que declaran amar. Y después seguir afuera destruyendo todo a su paso.
La invasión del campo de juego en el partido de ida en Córdoba para «apretar» a los jugadores, la intimidación al árbitro en el entretiempo. La batalla campal del final. Parecemos convencidos de que podemos tapar con violencia y coacción todas las consecuencias del fracaso causado por las dos causas nombradas antes.
Y lo más triste, una vez más, es que las instituciones vuelven a premiar a los malos y demostrar que los mecanismos de la violencia y la presión funcionan. Todo parece indicar que la sanción para Riber por los incidentes será mínima y no sufrirá quita de puntos como le sucedió a clubes menores en situaciones comparables. De ese modo, se retroalimenta el círculo: la violencia no sólo no será castigada, sino que una vez más probará ser efectiva para conseguir lo que no se logra de otro modo.
Como último punto, no puedo evitar sentir que todo lo que dije del fútbol aplica en gran medida también a la política.
En este terreno también los cargos en general se cubren por amiguismo y no por idoneidad, y pesa más la experiencia de haber hecho años de «unidad básica» o «comité» que la preparación académica, práctica o la experiencia conductiva. Y la mayor parte de los dirigentes quedan también salpicados por la sospecha de diferentes formas de deshonestidad o abuso de poder para el beneficio propio. La política también se ocupa de premiar a los malos. Y la amenaza de la violencia y la ocupación del espacio público terminan resultando vías efectivas de lograr lo que se quiere.
El país, las provincias, las ciudades, no pueden descender a la B como Riber… ¿O sí?
Quiero cerrar con una anécdota.
Hace un mes atrás fui a buscar a mis hijos varones a una clase de fútbol. Jugando había unos 50 chicos. Y me llamó mucho la atención que había más camisetas de Barcelona que de Boca, Riber y Argentina sumadas! Y es que los chicos no comen vidrio. Aún a su corta edad, pueden inconcientemente notar lo que es el fútbol bien jugado, no solo dentro de la cancha sino desde el manejo profesional de sus dirigentes y cuerpo técnico.
De a poco, el fútbol se va convirtiendo en algo que ya no es nuestro, que pasa en otro lado.
Foto: Ole



