Hace ya tiempo, en mi día mensual con ONGs, pasé el día con Alberto Vázquez, un emprendedor social de Ashoka, que es fundador y presidente de una Asociación Civil llamada SAHDES. Ese día, más allá de aprender sobre salud y atención primaria, viví una de las experiencias más intensas de mi vida, descubriendo que el límite de la «zona de confort» está mucho más cerca de lo que creemos, a veces a la vuelta de la esquina.
SAHDES se sustenta en el hecho de que la salud de las personas se basa en cuatro determinantes: 1) Configuración genética (25-30%); 2) Hábitat (20-25%); 3) Estilo de vida (20-30%); y 4) Acceso a la atención médica (15-20%).
Lo que esto pone de relieve es que «nuestra salud, más que de tratamientos médicos o remedios, depende de nosotros mismos y el medio en que vivimos». Por eso, SAHDES trabaja para sacar la búsqueda de la salud fuera de los hospitales, donde ya se trabaja sobre la enfermedad, y llevarla al terreno de la «salud positiva», con foco en las diferentes formas de la prevención. Pueden leer más sobre ellos en este blog.
Más allá de que fue muy interesante aprender sobre el sistema de salud primaria, la experiencia de ese día junto a Alberto fue especialmente interesante porque fue el mejor ejemplo que viví hasta hoy de salir de la zona de confort. Y descubrir además que, en general, para salir no hace falta ir lejos.
Uno de los lugares donde SAHDES trabaja es en el Barrio Almirante Irizar, una zona semirural atrás del Parque Industrial Pilar, a apenas unas cuadras de donde yo paso muchos de mis fines de semana. Allí visitamos un centro de atención primaria muy pequeñito, donde SAHDES apoya a los médicos y enfermeros que diariamente ayudan a los pobladores de ese área.
Posiblemente escucharon hablar alguna vez de los quinteros que producen buena parte de la fruta y la verdura que consumimos en la ciudad de Buenos Aires. Ese es uno de los principales lugares donde viven y cultivan. como nota al margen, me resultó muy interesante ver que, como la mayoría de los quinteros son de origen boliviano, la escuela del barrio tenia banderas argentinas y bolivianas en una armonía linda e inesperada. Me daba la sensación de estar a miles de kilómetros de mi casa, tal vez en Salta o Jujuy. A la vez tan cerca y tan lejos.
El segundo lugar al que fuimos era más cerca de mi casa aún, en uno de esos lugares por los que pasás por la ruta y decís: “Que nunca a nadie se le ocurra doblar ahí porque se lo comen crudo”.
Bueno, ese día doblé. Y me encontré con que a una distancia mínima de los lugares donde me muevo diariamente hay un mundo que jamás imaginé. Obviamente en la Argentina todos sabemos que hay pobreza, pero una cosa es saberlo con la cabeza y otra es vivirlo con las tripas.
Pude ver un barrio humilde, lleno de gente laburante, mucho menos peligrosa de lo que nuestro prejuicio nos deja ver. Visitamos también allí un centro de salud y una vez más me resultó conmovedor el esfuerzo cotidiano de esos médicos que se desloman para llevar salud a dónde más hace falta.
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La lección más importante que saqué de ese día es que es inadmisible que vivamos en un mundo encapsulado, evitando los lugares a la vuelta de nuestra casa como si la negativa a ver eliminara el tema y pensando sólo en nuestra seguridad.
¡HAY que salir de la cápsula! Hay que entrar y ver el mundo que hay allá afuera. Obviamente no se trata de hacerlo imprudentemente. El peligro existe. Pero estoy seguro que si uno busca la guía adecuada puede doblar en esas esquinas que siempre evitó.
Yo no entiendo a los que descalificaban a Slumdog Millionaire diciendo que era «turismo de la pobreza». Animarse a mirar qué hay detrás de los muros con los que nos aislamos, mirar a la gente a los ojos, abrir nuestro corazón a quienes no tuvieron nuestra suerte, es para mí es un desafío ineludible que todos tenemos.
Por eso una de las invitaciones que siempre trato de hacer desde este espacio es a que se animen a ver el mundo fuera de la zona de confort, a la vuelta de la esquina.




