Hace unas semanas estuve en la reunión del Consejo Asesor de Prosperar, la Agencia Nacional de Inversiones Argentina. Ahí Alec Oxenford mencionó un tema que a mí me preocupa mucho: él contó que en una charla hace unos días le preguntó a la audiencia quiénes eran sus empresarios más admirados. Y que todos en la audiencia lo miraron con cara de si estaba loco. Y que, después de pensar un buen rato, la única respuesta que surgió fue Marcelo Tinelli.
Te puede gustar más Bill Gates o Steve Jobs. Larry Ellison o Jack Welch. Sergey Brin y Larry Page o Jerry Yang y David Filo. Pero lo que no hay duda es que en culturas como la norteamericana entre las personas más admiradas hay numerosos empresarios. En Argentina ser empresario es un estigma.
Es un problema grande no tener a quién admirar. Y es un problema aún mayor cuando, a falta de algo mejor, admiramos entonces al exitoso por el éxito en sí y no por el proceso y los valores que lo llevaron a ser quién es.
Y esto no se limita sólo al campo de los negocios. Como en la década de los ’90, cuando el menemismo hacía de cualquier actor o cantante mediocre pero popular un candidato perfecto a Diputado Nacional o Gobernador.
En una Argentinada que a muchos produce horror (yo entre ellos) y a otros algarabía, esta semana hicimos Técnico de la Selección Nacional, que para muchas personas como yo es un cargo casi tan importante como el de Presidente, a Diego Maradona.
No me malinterpreten. Yo soy un incondicional del Diez. Lo amo. Por Argentino y por Bostero. Le voy a estar agradecido hasta el día en que me muera. Pero así como cantar (mal o bien) no te califica para ser Diputado, jugar a la pelota (genial o mejor aún) no te califica para ser Técnico.
Aquellos a quiénes admiramos y la razón por la que lo hacemos dice mucho acerca de quiénes somos.
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