En este juego de armar paralelismos entre aprender a volar y emprender un proyecto, el primer post cubrió la etapa de preparación. Ahora es el momento de enfocarnos en el startup. Y como Wes Harman, el autor de esta foto, nos recuerda, ningún startup es el primero ni el último en morir! 🙂
En concreto, pasadas dos horas de penar con el parapente y ser arrastrado por el viento, el profesor dijo que era momento de pasar a la siguiente fase: el primer despegue. Nos mudamos a un lugar cercano, donde se podía subir caminando por la ladera de una montaña a unos 30 metros de altura. Ingenuo, yo pregunté: «¿Vamos a volar en tandem, no?». El profesor se rió. Con apenas dos horas de práctica era el momento de despegar y volar solo por primera vez.
Yo no estaba seguro de hacerlo. Así que dejé que dos amigos lo intentaran primero. Ellos arrancaron, pero apenas se levantaron a dos metros del suelo y aterrizaron sin problemas pocos metros más abajo. «Yo eso lo puedo hacer»- pensé. Respiré profundo y me lancé.
Mi despegue fue diferente del de mis amigos. No sé qué fue lo que hice diferente, pero me despegué más del piso que ellos y aterricé más lejos, al final del valle que estaba debajo de la montaña. Todo salió perfecto, tal cual el instructor me había dicho que sería.
Ahí aprendí la gran lección de ese primer vuelo. Toda la inestabilidad y el riesgo que el parapente mostraba cuando estaba en el suelo en la práctica en el llano desaparecía tan pronto como empezaba a volar. Es el propio peso del cuerpo, colgando del ala, lo que le permite tener sustentación y estabilidad.
Veamos ahora qué se puede pasar en limpio respecto de la etapa de lanzamiento de un emprendimiento.
1) Haberse preparado bien es esencial: La preparación es importante per se, pero además es fundamental en etapas posteriores. Si bien no hay planificación que cubra todo lo que puede suceder, en las etapas tempranas, donde hay que tomar decenas de decisiones en un tiempo corto es mejor haber pasado por los fases que detallaba el post pasado. Pese a lo frustrante que fue, jamás me hubiera animado a despegar de ahí sin las dos horas anteriores en el llano.
2) La preparación es esencial, pero muchas veces hace parecer las cosas más difíciles de lo que son: El riesgo mayor de prepararse demasiado es sobrecomplejizar las cosas. El objetivo debiera ser despejar incógnitas y ayudarnos a tomar riesgos pero en ocasiones funciona exactamente al revés. Por eso tampoco hay que extender los preparativos más allá de cierto punto. La realidad es más simple de lo que nuestra cabeza la piensa.
3) No importa cuánto te hayas preparado, en algún momento hay que respirar hondo y lanzarse: Si bien se trata de reducir de manera objetiva y subjetiva los riesgos, no hay manera de saltear el momento de cerrar los ojos e ir para adelante. Ese instante en que uno todavía está en el piso pero toma la decisión de empezar el despegue.
4) A falta de un punto de apoyo, vos sos la fuente de sustentación: Cuando se despegan los pies del piso, ya no hay un punto de apoyo. Pero eso no quiere decir que estés a la deriva. Curiosamente, lo que hace estable al parapente es el peso de tu propio cuerpo. Y lo que da estabilidad al vértigo de emprender sos también vos mismo!
5) El éxito o el fracaso, ya desde el inicio, se juega en la ejecución: No importa cuan bueno sea tu parapente (idea) ni cuánto te hayas preparado. Las cartas empiezan a jugarse en las decisiones y acciones que tomes a partir de que despegues los pies del piso. Al principio, como quien recién aprende a manejar un auto, hay que pensar en cada cosa. Después, con el paso del tiempo, los detalles se internalizan y es posible enfocarse en lo importante.
En el próximo post, nos enfocaremos en la parte más importante e interesante de volar y de emprender: el vuelo mismo. Para leerlo, hacé click acá.



