
Es bastante común escuchar a personas que están planeando emprender decir que una de las principales razones por la que quieren ser emprendedores es que quieren poder «ser sus propios jefes».
¡Detrás de esa afirmación se esconde una de las mayores falacias del emprendimiento!
Por un lado es falso porque en buena parte de los emprendimientos, más tarde o más temprano terminás teniendo inversores. Y en ese caso, si bien es técnicamente cierto que no tenés un jefe, terminás reportando a un Directorio, que es un poco distinto pero claramente hay alguien por encima tuyo a quien rendir cuentas y que muchas veces te baja línea sobre lo que tenés que hacer.
Pero la principal razón por la que esa idea es una falacia es que, en realidad, ¡no hay peor jefe en el mundo que uno mismo!
Si «tu jefe» es complaciente con vos, los resultados probablemente sean desastrosos. Fundar y liderar un proyecto requiere dejar todo en la cancha y no hay lugar para la displicencia.
Pero lo que normalmente sucede, por el contrario, es que nadie es tan exigente con nosotros como uno mismo. Muchos vivimos atormentados por la demanda interna de más y mejores resultados en todo lo que hacemos, subiéndonos constantemente la vara, lo que hace difícil llevar adelante una vida con prioridades equilibradas. Si sos de ese tipo y te gusta recibir cada tanto una palmadita en el hombro o una palabra de aliento, pocas personas son menos propensas a dártela como vos mismo. Jefe ingrato si lo hay, encima no podemos enojarnos con él o putearlo para descargar la bronca. Tiene serias dificultades en ver tus defectos para ayudarte a crecer y es pésimo dando feedback constructivo.
¿Lo peor de todo? ¡Está con nosotros hasta cuando nos tomamos vacaciones!



