En general en todos los temas de política pública que generan fuerte controversia con los sectores más conservadores de la sociedad yo suelo tener posiciones abiertas y «progres». Por ejemplo, celebré cuando se aprobó el matrimonio igualitario. Pero de todas las cuestiones de este tipo el aborto ha sido siempre la que me resulta más delicada y difícil a la hora de definir una postura personal.
Por eso, vengo siguiendo con interés las discusiones recientes sobre el tema y trabajando mis contradicciones internas para tratar de pasar algo en limpio. Y acá quiero compartir con ustedes mis pensamientos al respecto.
Empiezo por el final: pese a que quedan todavía en mí algunas ambigüedades e incomodidades, creo que la posibilidad de abortar debería ser legal. Y sustento esa convicción en tres razones distintas:
1) Yo siempre vi al aborto como un hecho íntimo, donde entran en potencial conflicto de intereses lo que es mejor para los padres y lo que podría ser mejor para un futuro bebé. Y mis pensamientos giraban en torno a sopesar cuál de estos dos intereses era más importante.
Sin embargo, hace un par de años leí el libro Freakonomics donde sus autores desarrollan y brindan evidencia estadística para una tesis sorprendente. Después de décadas de aumento sostenido, durante los años 90’s se produjo en Estados Unidos una caída abrupta en los índices de delincuencia y homicidios (vean esta ASOMBROSA gráfica!). Esa caída se mantuvo los últimos 20 años, tanto en auges como recesiones e independientemente del partido que gobernara el país. La explicación que los autores del libro encontraron es inesperada: mirando la tasa de crimen abierta por estados, la caída más pronunciada se observa en cada lugar en momentos distintos, coincidiendo con 20 a 25 años después de legalizar el aborto en cada estado. De acuerdo a Dubner y Levitt, la reducción es resultado de que hubieran nacido menos hijos no deseados y/o en hogares incapaces de proveerles sustento y educación adecuadas.
Si bien creo que esto no es suficiente argumento para legalizar, el planteo rompe la dualidad de priorizar entre dos y mete un tercer actor (la comunidad o el bien común) cuyo interés es función de la política pública custodiar. Adicionalmente, habilitar la interrupción de esos embarazos no deseados, lejos de limitar la capacidad de las familias más vulnerables de tener hijos, los empodera y les da una posibilidad real de elegir cuándo desean ser padres.
2) La principal fuente de oposición a la legalización del aborto proviene de fundamentos religiosos. Aunque toda persona tiene derecho a vivir de acuerdo con sus creencias, no debe jamás ser función del estado defender o imponer a todos los preceptos de una religión en particular. La legalización del aborto no impone a nadie realizar uno si hacerlo está reñido con sus valores o creencias. Apenas brinda la libertad de elegir abortar a aquellas personas que así lo deseen, sin convertirlas en criminales. Por esa razón, el debate sobre si legalizar o no debería realizarse con prescindencia absoluta de las posiciones religiosas individuales.
3) Pero quizá la razón más importante para mí es meramente práctica. Aún si lo creyéramos deseable, un mundo sin abortos no es posible. La prohibición no los elimina.
Sabemos cómo funciona el mundo con el aborto ilegal: las clases más pudientes abortan de todos modos de manera segura, mientras que las clases más pobres a veces no pueden hacerlo aunque lo prefieran, y si lo hacen se enfrentan a grandes riesgos innecesarios para la vida de la madre. La deficiente educación sexual, la prevalencia de embarazos adolescentes y la mayor cantidad de hijos en las familias más carenciadas contribuyen a aumentar la dimensión del problema.
En definitiva, al discutir la legalización la decisión a tomar no es «aborto sí o aborto no». Lo único que nos queda por elegir es si queremos que la posibilidad de abortar un hijo no deseado en condiciones razonables de seguridad e higiene esté disponible solo para los más ricos o si queremos generalizar esa posibilidad a todos (especialmente a quienes más lo necesitan).



