Hace unos meses me embarqué en un tipo de emprendimiento totalmente nuevo para mí: co-producir una película de cine. El film en cuestión es una comedia muy divertida a estrenarse en unos meses con el título «Mi primera boda».
El director se llama Ariel Winograd y además de haber hecho ya una peli muy buena, es un fenómeno. Acá voy a probar el uso del botoncito nuevo de Twitter para que los que quieran seguirlo puedan hacerlo simplemente haciendo un click acá: Seguir a @Ariel Winograd
En la peli actúan Daniel Hendler y Natalia Oreiro, junto a un montón de otros actores buenísimos como Imanol Arias, Martín Piroyansky y Pepe Soriano. La historia trata sobre la boda de un matrimonio «mixto» en una estancia en medio del campo, donde la ceremonia la ofician Marcos Mudstock y Daniel Rabinovich (dos de los Les Luthiers), como cura y rabino respectivamente.
Hasta este momento, siempre viví el cine desde el lugar de espectador. Pero meterme del otro lado me permitió por primera vez ver cómo se hace una película. Y me llevé muchas sorpresas. Descubrí que es un proceso mucho más rico e interesante de lo que imaginaba. Acá quiero compartir con ustedes algo de lo que aprendí.

Hasta hoy nunca entendí por qué en cine se le daba tanto crédito al director de una peli y tan poco al guionista. Si era éste último el que escribía la historia, me parecía raro que en casi ningún caso se sepa siquiera su nombre.
Ahora lo entiendo mejor. Ingenuamente, yo creía que el guión «narraba» la película. Que decía qué tenía que pasar en cada escena en detalle y que la filmación se limitaba a registrar exactamente todos los pedacitos sucesivos que el guión indicaba. Después hacer la peli era cuestión apenas de poner un pedacito de guión atrás del otro. ¡Qué equivocado estaba!
La primera sorpresa llegó en el rodaje. La escena que vi filmarse era una conversación entre varias personas sentadas a una mesa. Esta escena bastante sencilla y de unos 45 segundos se filmó unas 10 veces por lo menos. Pero no porque saliera mal (el famoso «Toma dos!») sino porque se filmó en montones de diferentes planos. Se hicieron planos cortos con la cara de cada uno de los comensales, incluso en los momentos en que no les tocaba decir ningún texto, y planos generales desde varios ángulos diferentes. Ahí empecé a entender que el guión dictaba los diálogos, pero que el rodaje acumulaba mucho más material del que yo creía.
De esta etapa me sorprendió también la increíble cantidad de gente que participa. Varias decenas de personas haciendo las cosas más variadas. El rol que me pareció más sorprendente es el de «continuista»: una persona que se ocupa de que en escenas filmadas en distinto momento todo lo que apareció antes vuelva a estar idéntico. La persona que hacía esto sacaba montones de fotos de todo, como para, llegado el caso, poder volver a mirar cosas como: ¿cuánta agua había en el vaso de tal personaje en tal escena? O ¿cómo estaba el pañuelo que Fulano tiene en el cuello en tal parte?

Pero lo que me resultó realmente fascinante es lo que vino después que se terminó de filmar. Porque en mi idea de que la película se hacía de pedacitos, la narración de la historia se definñia en el guión y se ejecutaba en el rodaje. La realidad es totalmente distinta. Teniendo diez versiones completas distintas de la misma escena, la historia puede ser narrada de muchísimas maneras diferentes y es recién en la etapa de edición y montaje que se hace el trabajo de elegir cómo contarla.
En este proceso no interviene solo el director. Intervienen montones de personas, incluyendo al director pero también los productores, el editor, el montajista, el guionista, el director de fotografía, etc. El proceso es mucho más colaborativo de lo que imaginaba, pero por la misma razón también mucho más «conflictivo». Todos tienen una opinión sobre cómo hacer cada detalle y hay que ir construyendo consensos. Supongo que depende del estilo de cada director cuánto escucha a los demás en este proceso. En el caso de Mi primera boda, Ariel balancea muy bien saber lo que quiere pero poder escuchar opiniones.
Finalmente, la última de las sorpresas tiene que ver con el rol de los espectadores durante el armado mismo de la película. En varios momentos de la edición se hicieron «screenings» (proyecciones privadas), donde un grupo seleccionado de personas vio el film. En esas proyecciones se testean muchas de las ideas en las que las opiniones están divididas. Cosas centrales como el final o el peso relativo de ciertos personajes puede cambiar mucho en función del resultado de esta especie de «focus groups» cinematográficos.
Y como a esa instancia se llega después de un montón de discusiones sobre cómo debieran ser determinadas partes, es divertido ver cómo en los momentos de escenas más polémicas los que opinaban de un modo ven su visión confirmada o desmentida por la reacción de la gente.
Como resultado de todo esto, sigo pensando que al guionista se le da demasiado poca bola. Pero entiendo mucho mejor que su rol es más acotado de lo que creía. Y aprendí cuántas películas diferentes pueden hacerse contando una misma historia.
En este caso particular, «Mi primera boda» está quedando buena. Va a estrenarse en unos tres meses. Y será para mí una sensación nueva ir a ver una película habiendo sido parte (aun pequeña) de su gestación.



