Hace rato que Ramiro Ferrer está entre los comentaristas más habituales del blog. Y es una suerte porque sus aportes siempre son agudos y provocadores, pero a la vez respetuosos incluso cuando otros se ponen más bravos. Creo que un ejemplo excelente fue la discusión que se armó hace tiempo en torno a la llegada del hombre a la Luna. Allí, Ramiro se animó a plantear que no existían pruebas suficientemente sólidas y una multitud se le vino encima.
Lo interesante es que yo estoy seguro de que, si tiene que jugársela, Ramiro cree que el hombre SÍ fue a la Luna. Ese no era el punto de su argumentación sino si tenemos que creer acríticamente en eso, aún frente a pruebas insuficientes. En el debate se metieron entre otros grossos como Santi Siri y Old Ben, y si no lo siguieron en su momento les cuento que fue apasionante y los invito a que lo lean. ¡Era difícil sostener la postura escéptica en ese contexto y para mí él se la «re-bancó»!
Hoy Ramiro escribe su primer post invitado, volviendo sobre el tema subyancente al debate anterior: la diferencia entre la creencia y el conocimiento.
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Yo he tenido desde siempre una habitual costumbre de cuestionar –y cuestionarme- buena parte de todo lo que se da por sabido, por existente, por real. Con el paso de los años, esa costumbre comenzó a generarme roces y conflictos con otras personas, probablemente porque yo mismo empecé a ser menos sutil con mi crítica a ese modelo cognitivo donde si algo no es especialmente sospechoso, entonces puede ser verdad. Ya no hago muchas concesiones al discutir, y eso sube el tono de la conversación. Ese nivel de roce con quienes discuto refuerza mi pensamiento sobre la resistencia que ofrecemos a someter nuestro saber a un escrutinio más profundo y filoso.
No puedo decir que conozca mucha gente que, ante cualquier duda razonable, proponga poner en tela de juicio lo que cree y lo que sabe al respecto. Las personas acostumbran polarizarse entre quienes están seguros de que lo que creen es verdad, y quienes están dispuestos a hacer muchas preguntas, sin importar qué consecuencias tenga (que son la minoría).
Estas situaciones me hacen pensar respecto del método normal de incorporar información: suele replantearse poco –o nada- aquello que ya ha sido dado por verdadero. Si ya lo aceptamos y creímos, se saca de la mesa de debate y no se cuestiona más su validez; pasa a ser una verdad.
Es entonces cuando el proceso de “creer” toma protagonismo. Creer que se sabe; creer que lo que se sabe es válido y no amerita verificación; creer que lo que consideramos verdad, lo es; y no solo lo es para nosotros, sino para el resto del mundo.
Si prestamos atención a cómo hablamos, la palabra “creer” aparecerá muy seguido; tanto o más que la palabra “saber”. Y la diferencia semántica entre esas palabras es enorme. “Creer” implica un acto de confianza en algo que no necesariamente está comprobado, y “saber” es una declaración de certeza mucho más firme. Sin embargo, las cosas se complican si profundizamos aún más. También el “saber” comienza a ser una creencia en cuanto miramos con más detalle los pilares que lo sostienen. Y no encontraremos ningún pilar sin agujeros, sin puntos flojos, sin alguna fractura. Así, el saber es una versión más verificada del creer, pero con muchas de sus mismas debilidades. Creemos que sabemos, y ese saber es también una creencia.
Resulta muy difícil replantearnos y poner a prueba todo lo que pensamos, creemos y sabemos. Podría hasta resultar enloquecedor y paranoide (de hecho, es de ese mismo lugar que sale la falaz chicana intelectual “conspiranoide” para referirse a quien dice ver alguna mano oscura detrás de eventos importantes) Pero, el precio de no preguntarse nada, de dar todo por válido y cierto, es que terminamos viviendo en una ficción donde no podemos aferrarnos a nada, puesto que no sabemos si es verdad o no, si existe o no. Podrá ser agradable, cómodo y reluciente, pero vivir sin cuestionarse nada es vivir una historia contada por otros; una ficción; un adormecimiento intelectual; una anestesia de la mente.
Yo propongo un término medio entre la creencia brutal y la sospecha brutal; un punto en donde nada se dé por valido sin un análisis mínimo. Donde si algo no parece estar correcto luego de una primera evaluación, no se le apruebe el ingreso a nuestro catálogo de conocimientos. Donde recordemos que casi todo lo que sucede tiene un motivo, y que ese motivo muchas veces no está a la vista, o incluso está escondido mientras se muestra un substituto. Donde, si elegimos creer, lo hagamos después de saber, y ese saber tenga tantas certezas como podamos conseguirle.



