A los 39:
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- El Comandante del Apollo 11 Neil Armstrong se transformó en el primer ser humano en pisar la luna.
- Jimmy Connors llegó a la semifinal del U.S. Open
- Malcolm X y Martin Luther King Jr. fueron asesinados
- Amelia Earhart, la primera mujer en volar cruzando sola el Atlántico, desapareció tratando de dar la vuelta al mundo
- Algunos dicen que nuestra capacidad cerebral está en su pico máximo (yo no lo creo!)
A mí, como tal vez hayan notado el año pasado, la idea de cumplir años no me termina de gustar. Y esta vez, empezando a vivir mi año número 40, poniéndole el broche final a mis treintas, se siente un poquito más. ¡La cuenta regresiva hacia los 40 oficialmente ha comenzado!
Así como el año pasado en esta fecha elegí compartir con ustedes un poema, este año les dejo un cuento. Espero que les guste. Se llama «Ciclo de Vida». Y abajo de todo van dos canciones llamadas «39», una de Queen y una de The Cure.
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Ciclo de Vida
Surgí (como sabría, como todos) de las cenizas.
No fue un acto, no fue un proceso: Me encontré entre las Ruinas de lo que Fue, perdido, rodeado, casi hundido.
Crecí, casi sin proponérmelo, despacio, despegándome un poco del polvo circundante del que ahora me separaba. Un centímetro me bastó para percibir la distancia y la finitud, la insignificancia y la infinitud del espacio.
Los años entre las Ruinas fueron de acumulación, de alimentación voraz; de juego, reconocimiento y desconocimiento.
Partí… No entendí bien por qué. Deseaba irme pero quería quedarme; me aferré y, no obstante, me fui.
Tampoco fue un acto ni un proceso: Intuí que mi vida no era sino responsabilidad: cuanto emprendiera, hiciera u omitiera, sería la Cultura. Sería mi reflejo y el reflejo de mi límite.
No lejos de la ceniza a la que me parecí, fui más yo, y desarrollé mis alas.
Volé y exploté el espacio. Visité sus fronteras y gocé de su interna infinitud. Me mostré, me esforcé, abarqué tanto y tan poco como fui capaz. Pude perderme años y encontrarme, desandar mis pasos e incluso destrozarme.
Fue el tiempo del desarrollo, el continuo flujo, de la búsqueda en sí misma. Un tiempo que hubiese podido no terminar y, por supuesto, lo hizo.
Una vez más deseé irme pero ansié, realmente, quedarme. No pude, de todos modos, y partí.
No fue un instante ni un período: Descubrí que mi tiempo me pertenecía. Un segundo me fue suficiente para percibir el lapso y el momento, el transcurrir y el permanecer. Consciente, no pude sino llenarme de auto-piedad.
Supe que el vuelo había terminado y me sentí más atado y pesado que nunca, pero, a la vez, más libre. Fui el punto y el espacio todo y me aboqué, por primera vez, a las explicaciones.
Comprendí absolutamente todo cuanto quise, pero, no obstante, hubo cosas que no alcancé y me hallé solo, incapaz, carente.
Elaboré teorías; creí con fervor que todo era explicado por algo inexplicable; que había un motivo aún para mis preguntas y abracé que existiera un destino. Adoré a ese algo y me escondí tras él. Supe que al final estaba cerca…
Quise quedarme, pero acepté irme. Me aferré con más fuerza que nunca, y sin embargo, inexorablemente, me fui.
Repentinamente me encontré entre otros; miles si no infinitos otros, incapaces ya de moverse, de pensar, de ser. Fui el instante y el tiempo todo.
Tuve la postrera percepción de que estaba donde empecé, me estremecí, comprendí todo lo que me faltaba y, muy lentamente, me confundí en cenizas.



